Escribujos en la tercera fase

Como todas las noches, caminaba de regreso a casa después de un duro día en la mina de sirope. La calle estaba especialmente lúgubre, pero había hecho tantas veces ese camino que lo podría recorrer con el ojete cerrado. Además andaba distraído pensando en sus cosas. Buscando la mejor manera de matar a sus jefes sin acabar con los huesos en la cárcel.

Se cruzaba con gentes de todos los lugares del mundo. Con músicas y olores de culturas de los cinco continentes. Con vecinos que gritaban y bailaban. Con parejas discutiendo a voces. Pero nada conseguía sacarlo de sus pensamientos. Al doblar la última esquina antes de llegar a su portal, se topó de bruces con un señor de estatura media. Estaba muy oscuro, por lo que no podía ver su rostro. Pero por el olor diría que era un yonki que se había alejado un poco de su barrio. Articuló un "disculpe" tan bajo que prácticamente era un susurro, y siguió avanzando por la calle. Nervioso. Acelerando el paso hacia su portal.


Sentía que los pasos se acercaban. Sacó las llaves e intentó abrir la puerta como un rayo. Pero los nervios provocaron que se le resbalaran de las manos. Las recogió y cuando consiguió meterlas en la cerradura una mano se posó en su hombro. Impulsivamente se giró con intención de propinar un golpe certero a su agresor, pero en ese momento una voz rompió el silencio. "Compadre, ¿no reconoces a tu camarada?"

Se paralizó e intento reconocer el rostro de aquel que le hablaba con familiaridad. "¿Yorch?" preguntó casi temiendo que la respuesta fuera afirmativa. "Exacto chavalín".

Era él, sin duda. Tenía una barba que le llegaba a la ingle, y su ropa parecía un montón de trapos malolientes. Pero a la luz de los halógenos del salón aún se reconocían los ojos vivos y las manos hábiles que le caracterizaban. Nadie pidió explicaciones por su aspecto, ni por su dilatada ausencia, y nadie las ofreció. Sólo pronunció una frase "Ha llegado el momento de volver". Suficiente para que en su aspecto desaliñado, casi de mendigo, sólo se pudieran intuir pinceles y lápices.

Un largo abrazo y manos a la obra.

Escribujo en Hollywood en los 80s o 90s

Quizás su mayor inspiración había sido Laura Holt, protagonista de la mítica serie con la que Pierce Brosnan saltó a la fama, Remington Steele. Una detective privada monta una agencia y se inventa un socio hombre, para evitar que el hecho de ser mujer le impida poder trabajar. Un entorno machista que aprovecha Pierce para hacerse pasar por el socio y vivir eróticas aventuras.

Aunque había una película de Eddie Murphy llamada Su distinguida señoría, que también había sido semilla de sus actos. En ella un congresista llamado Jeff Jonhson muere, y un estafador aprovecha que se llama igual para presentarse a las elecciones y ganar.

Pero no era la única en la que se encontraban ideas que había llevado a la practica en su plan para hacerse pasar por Bujo. Este muerto está muy vivo, un clásico entre los clásicos, o Two Much, en la que Antonio Banderas (además de conocer a su futura esposa) es Art Dodge y se hace pasar por su hermano gemelo inventado, Bart Dodge, para tirarse a dos mujeres a la vez.


El caso es que ya que no le quedaba otra opción. Decidió robar un dibujo aleatorio de una web de un ilustrador anónimo, y hacerlo pasar por un original de su compañero. Como si se tratase de una comedia de enredos, se dieron muchas situaciones en las que estuvo a punto de descubrirse la falsificación, hasta que el autor de un blog de la competencia lo hace público para dejarles en evidencia.

Como giro final resulta que el dibujo, por una carambola del destino, sí que era de Bujo, ya que Escri lo había sacado de su blog sin darse cuenta.

¡Corten! ¡A positivar!

Escri without Bujo

Era la décimo quinta vez que le respondía el buzón de voz. De nuevo dejó un mensaje intentando ocultar el ansia y la preocupación. Todo estaba parado y Escri era incapaz de localizar a Bujo. 

No era la primera vez que su compañero desaparecía durante un tiempo, pero nunca antes había dejado de contestar a la llamada de los pinceles. Era amigo de salir a tomar un café un martes por la tarde, y terminar cuatro días después, medio inconsciente, en una acera de una ciudad de otra provincia. También había periodos en los que se encerraba en su mundo interior, desconectaba el teléfono, y se dedicaba exclusivamente al noble arte de comer pizza, beber cerveza y jugar a la consola hasta que los días sin dormir le impedían mover los dedos sobre los botones del mando.


Pero esta vez era distinto. A Escri le habían confirmado que se había visto a Bujo caminando por el parque o comprando el pan. Los más viejos del bar aseguraban haberle visto hace semanas, y solo pidió un Frutopía tropical. En la tienda de videojuegos no sabían nada de él desde Semana Santa. Los borrachos que se reúnen en el parque frente a su portal creían haberle visto salir arreglado y bien peinado, de una manera que antes jamás le habían visto.

Esto empezaba a preocupar muy mucho a Escri. ¿Qué estaba pasando? En el periódico local se hablaba de sectas ultra-religiosas que captaban a ciudadanos y les reunían a cantar himnos. La iglesia de la Cienciología empezaba a tener cada vez más incautos adeptos. Los masones volvían con fuerza. Los Testigos de Jehová seguían su evangelización del pueblo. El Athletic Club de Bilbao estaba en puestos de Champions league. Podía haber caído Bujo en alguna de estas pseudo-religiones? Nunca fue muy espiritual, pero podría pasar.

De lo que estaba seguro es que nunca podría suplirle. Necesitaba encontrarle de nuevo. Pero mientras la banda de albano-kosovares que había contratado para localizarle hacía su trabajo, alguien tenía que dibujar. Escri se puso manos a la obra y, con esfuerzo y sacrificio, dibujó como si su vida dependiese de ello. Y aunque no era exactamente un virtuoso consiguió sacar algo decente.

The Show must go on.

Escribujo On Fire

Cuando tenía 14 años, uno de mis profesores dejó en ridículo a uno de mis amigos. Le sacó a la pizarra y le preguntó un tema de la asignatura. Mi amigo, llamemosle Eric, era un chico brillante, pero tenía un defecto en el habla. No pronunciaba bien las erres. Esto había provocado en él un pánico supino a hablar en público. Con lo que sus exposiciones eran una mezcla de tartamudeos, erres mal pronunciadas, sudores y tics nerviosos. El profesor sabía perfectamente que Eric tenía este problema, pero disfrutaba haciéndole sufrir. Le gritaba y le insultaba. Le decía que era un inútil. Y un día le dio un bofetón al mandarlo a su sitio.


Hasta ese momento todos asistíamos impasibles al sacrificio en los leones de nuestro compadre. Pero ese día algo cambió. Ese bofetón encendió una llama en mi interior. Me empecé a poner nervioso. La piel me ardía. Los ojos me presionaban dentro de las cuencas y un zumbido iba in crescendo en mis oídos. Los de mi alrededor me miraban con cara de pánico y se alejaban de mi pupitre. El profesor comenzó a gritarme, a chillar. Decía que me estuviese quieto, que me la iba a cargar. Pero ya había perdido el control. Sentí como por todos los orificios de mi cuerpo surgían llamas y perdí el conocimiento.

Al despertarme la clase estaba desierta y devastada. Los muebles aplastados contra las paredes y restos de papel flotaban llameantes. Sólo se distinguían dos figuras. Una de ellas era Eric, que sonriente me sujetaba la mano preocupándose por mi estado. La otra era una masa deforme de carne mezclada con lo que momentos antes eran el pantalón vaquero y el polo verde de Springfield de mi profesor. Miré a mi amigo con cara de pánico, y el sólo dijo que todo había terminado, susurrando un gracias al final.

Después de aquello, mi familia se mudo de ciudad, huyendo de las habladurías. Me llevaron a mil psicólogos, psiquiatras, neurólogos y mediums, pero nadie supo decir que me había pasado. Al final decidieron internarme en un centro de salud mental, donde con medicamentos y meditación me enseñaron a controlar mis "trances" devastadores. Gracias a ello hace 16 años que no he vuelto a tener un episodio de ese tipo.

Llevo una vida normal y nadie a mi alrededor, excepto mis padres, saben nada de mis peculiaridades. Pero algo dentro de mi se está despertando. Los negreros, inútiles, niñatos y romanceros pagados de si mismos están poniendo nervioso a una parte de mi mismo que debe permanecer dormida. Cada vez que me fustigan a mi o alguno de mis cercanos con sus látigos de mediocridad me sube la fiebre y tengo visiones de luces brillantes que se mueven a toda velocidad. Hace tiempo que la meditación y medicación no son tan efectivas como en tiempos pasados. Tendré que alejarme de esta fuente de ira o acabaré haciendo frente a mi destino y al suyo. Tengo ganas de dejarme llevar.