Pipas y Glamour en Escribujo

Ahora pasa desapercibido. Nadie le para por la calle para pedir un autógrafo ni para hacerse fotos con él. Su cara ya no es portada en las revistas de cotilleos. No le invitan a programas de televisión para hacerle entrevistas. Y lo cierto es que a estas alturas le daba igual. Al principio se molestaba, pero la fama, el dinero y la vida fácil estaban muy lejos. Como un sueño del que despertó y del que no recuerda los detalles.


David era hijo de uno de esos valientes que se atrevieron a crear su negocio durante la depresión del 2021 (¡Sorpresa! ¡Esto no ha acabado!). Una gran superficie en la que solo se vendían pipas. Pero de todos los sabores (excepto Tijuana que fueron consideradas adictivas y prohibidas en el año 2018 por la unidad de sustancias controladas). Este loco empresario decidió utilizar a su hijo en los anuncios de la tienda, en los que aparecía en pañales nadando en mares de pipas.

Estas apariciones le hicieron inmensamente famoso e inmensamente rico. Durante dieciséis años fue la figura pública más reconocida y valorada. El bebé de las pipas. Continuó con la publicidad del negocio familiar e hizo cientos de cameos en diferentes series de televisión como "Nada es para siempre: el reencuentro" "Las aventuras de Pío Cabanillas" o "Me huelen los pies. Historia de ascenso y caída de Emilio Aragón", entre muchas otras. La gente le quería. Le abrazaba. No podía salir a la calle sin ser avasallado. Le gustaba. Le gustaba mucho.

Todo cambió en verano de 2037. Como cada mañana, el mayordomo le trajo a la cama el desayuno y el periódico del día. Mientras disfrutaba de un buen zumo recién exprimido y untaba con mantequilla el pan leyó el primer titular. "Magnate de las pipas encontrado muerto en su mansión de Peralbillo, en Ciudad real". La tostada se le resbaló de las manos cayendo sobre las sábanas (aunque no del lado de la mantequilla. Bimbo había sacado al mercado un pan que invertía la ley de Murphy).

Al parecer, su padre durante años había falseado los resultados de la empresa, y había dilapidado el fondo de pensiones para cubrir las deudas. Cuando vio que todo le estallaría en las manos no pudo soportar la presión y consumió una dosis mortal de pipas con sal. No solo estaba en la ruina, sino que debía millones a personas muy cabreadas. David decidió huir. Cambio de aspecto y de nombre. Se mudó a un piso humilde en el distrito de Tetuán, y sobrevivía haciendo portes con una furgoneta.

Nada en su vida es parecido a lo que en su momento fue. Y solo se permite recordar una vez al mes. Día en el que se sienta en el parque con una bolsa de pipas y las come mientras llora sus miserias.

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